martes, 6 de agosto de 2013

Salas de Cine


Ir al cine es una de las muchas alternativas que existen para entretenerse en cualquier ciudad, pero es de las pocas que permite asistir ya sea con la familia, los amigos, la pareja, los compañeros de trabajo, etc. Se lo puede hacer cualquier día de la semana, siempre que las ocupaciones lo permitan; y la experiencia audiovisual suele ser agradable, en la mayoría de los casos.

Pero también tiene un lado oscuro. En primer lugar, parece que las películas poco tienen que ver con el negocio de las salas de cine; sí, una boleta es bastante asequible, no así los snacks y bebidas que ofrecen, que fácilmente cuadruplican el precio regular. Se aseguran que varios de los usuarios se vean obligados a comprarlos ya que está prohibido entrar con bebidas o comidas traídas de otro lugar, claro ejemplo de proteccionismo. Pero así como en el Comercio existe el contrabando para saltar las barreras arancelarias, en las salas de cine también. No son pocos las personas que ingresan con snacks de otros lugares, de una u otra manera.

Luego está el mismo público. Claro que la experiencia de ver una película en una pantalla de cine con sonido envolvente es muy diferente a ver la misma película en casa en una televisión de 20 pulgadas con sonido estéreo. Pero como todo tiene su precio, lo que se gana en experiencia tecnológica, se pierde en comodidad. En primer lugar, sí la función es una de las más concurridas, habrá que llegar más temprano de lo usual para tomar un buen lugar que nos permita disfrutar la proyección (aunque recientemente he visto que algunas salas tienen sus butacas numeradas). Pero el hecho de que la sala vaya a estar abarrotada, ya es garantía de que tendremos más de una incomodidad. No faltaran las llamadas telefónicas, los comentarios inoportunos, los niños inquietos, y demás.

¿Y qué pasa con la película? Si somos lo suficientemente precavidos, leeremos críticas o preguntaremos opiniones acerca de la película que vamos a ver. Pero si no, es una completa incertidumbre, puede que la obra sea de nuestro agrado o que nos llevemos una completa decepción. Tal vez sea una locura, pero me gustaría que se pague por la boleta de acuerdo al nivel de satisfacción después de ver la película; se pondría un precio básico y a partir de ahí el usuario aportaría lo que le crea que la función merezca. No creo que el sistema les cause pérdidas a los dueños, ya  que como mencioné, las películas poco tienen que ver con el negocio de proyectar películas.

A pesar de los inconvenientes, el negocio de las salas de cine sigue creciendo, al parecer las personas valoran mucho la experiencia audiovisual por sobre las molestias personales.

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